Se despertó la boca para decir sandeces,
harta del silencio inteligente
que aletargado juega su papel con creces,
desentonando continuamente.
Sin necesidad de escenario,
sólo un duro banco
y el calor de un sol proletario,
un trobador manco
y la satisfacción por salario.
Sin necesidad de pasiones,
hasta el gorro de reventar eslabones,
de fumarse otro porro,
de no atender a razones.
Se despertó el momento tras mucho rato,
harto del bucle del día a día,
de volver a encontrar vacío el plato,
de tener que tragarse su rebeldía.
Este presente ocurrió hace ya tiempo,
salvo que ahora la gente ha encontrado su momento.
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